A la vuelta de las vacaciones

PlayaAhora, cuando las vacaciones de verano terminan, vamos a hablar de la primera línea de playa. Intentamos, apoyados en los chiringuitos, cómo, cuando los recursos son limitados (en sí mismos o por precio), la libertad que los neoliberales reclaman, en el sentido de permitir que los mercados decidan dónde colocan sus recursos, conduce a dejar fuera del disfrute a un buen número de ciudadanos.

Esto ocurre en casi todas las facetas en las que intervienen lo que ahora llamamos “mercados”. Así, por ejemplo, ocurre cuando se plantea el uso de productos agrícolas para obtener biocombustibles. Los alimentos (e incluso la tierra y el agua necesarios para su producción) pueden venderse a mayor precio (cierto es que, en muchas ocasiones, por causa de las subvenciones) si su destino es la automoción que si se dedican a alimentos. Ese derecho a la libertad (que cada uno produzca lo que quiera) conduce a que se detraigan alimentos de la dieta de los más pobres.

Para no agravar el síndrome postvacacional, la ilustración es mucho más amable y nace de una idea expuesta hace ya unos años por M. Bosquet [1]. Se trata de, suponiendo que disponer de una modesta casita en primera línea de playa sea un bien, analizar su disponibilidad para el conjunto de la ciudadanía.

A este respecto, España es uno de los países mejor “colocados”, al existir, en la España penínsular, casi cinco mil kilómetros de costa. También en la península hay algo más de dos mil quinientas playas con una longitud total algo superior a mil quinientos kilómetros [2]. Somos unos 43 millones de españoles en la península (dejamos fuera a los ricos extranjeros que, en nombre de la libertad, también tienen derecho a su chalecito). Entonces, a cada uno de nosotros nos corresponden tres centímetro y medio de playa, en un reparto igualitario.

Bueno, como, en la mayor parte de los casos, del chiringuito se disfruta en familia, podemos expresar lo anterior como que a cada familia (2,7 miembros como media) le corresponden ya casi diez centímetros (el ancho de uno de los tabiques que limitan la propiedad), lo que no está nada mal. En un palmo cabrían dos familias.

Pues bien, si se considera el disponer de una parcelita en primera fila de playa como un derecho individual, que los “mercados” asignan según su “suprema sabiduría“, cada vez que una familia ocupa una porción de diez metros de ancho para su chiringuito, debiera saber que deja sin posibilidad de ello a otras cien familias.

En números globales, si consideramos que un frente de playa no ostentoso es de diez metros, en España, en la península, tenemos hueco para algo más de 150 mil familias, a la vez que se quedan huérfanas otras casi 16 millones de ellas (no dejaríamos ni pasillos para llegar desde el interior al agua).

Y es seguro que los afortunados han elegido los mejores.

Ahora que ya está todo el pescado vendido (o casi), esto ni siquiera indigna. Aquel que ya tiene su parcela no nota los límites, los disfruta; en el fondo, quedan “benidormes” donde los “pringaos” pueden plantar la sombrilla. Y estos tampoco los notan, sólo los sufren; que no es que falten playas, es que son caras y hay otros más ricos. Quedan los que llegan ahora y quisieran aparentar, como ricos con playa privada (o a la inversa, los que pudieran ser desalojados por descenso en la escala social), pero esos, esos son la transición.

¿Es esto lo que queremos? ¿Tiene la más mínima lógica? ¿Y algo de justicia?

¿No sería mejor enfocar la cuestión de otra manera? ¿Resolverlo colectivamente, mediante una prioridad descarada a las playas públicas, reduciendo las playas privadas?

Vale, tengamos conciencia social y respetemos el derecho comunal. Seamos equitativos y distribuyamos las playa al 50/50; una mitad para los privados y la otra para los comunes. ¿El resultado? Tendríamos 75 mil familias con su playa y algo menos de ochocientos kilómetros de playa para los 16 millones de familias restantes. Eso sí, casi con seguridad los privados han tenido prioridad de elección y disponen de los mejores sitios. Y, además, en el primer caso (los privados) cada lote de 10 metros que estamos siguiendo será usado por sólo una familia mientras que en el segundo (lo público) serán el destino de doscientas. Parece bastante probable que estas últimas sufran en mayor medida el deterioro del uso, lo que, además, avalaría la ventaja de lo privado respecto a lo público. Pueden defender, como ahora se hace, su prioridad en nombre del medio ambiente: yo lo uso en exclusiva y así el uso no es abusivo y se conserva para las generaciones venideras sin deterioro.

Hay muchas playas, pero no tantas como para que cada uno tengamos la nuestra.

Y eso puede aplicarse a muchas cosas. Pensemos en la enseñanza o en la sanidad por ejemplo.

NOTAS PERFECTAMENTE PRESCINDIBLES

[1] “Ecologie et politique”. Michel Bosquet. 1975

[2] Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente. http://datos.gob.es/catalogo/guia-de-playas

 

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