Yo soy antihospitalario. ¿Qué pasa?

"Más Platón y menos prozac (o su genérico fluoxetina,  convenientemente financiada por la Seguridad Social)

“Más Platón y menos prozac” (o su genérico fluoxetina, convenientemente financiado por la Seguridad Social). ¿Necesitamos todos los medicamentos que consumimos?

Cuando algunos cuestionamos el paradigma del crecimiento indefinido e ilimitado en el que se apoya nuestra civilización, es habitual referirse a la limitación y el agotamiento de los recursos naturales, al expolio de la madre tierra, a los efectos ambientales, incluido el calentamiento global, etc.

Siendo lo anterior importante, algunos de entre los “algunos” anteriores pensamos que la cuestión no se agota ahí, que eso ni siquiera, quizá, sea lo más importante. Que el crecimiento exacerbado que preconizan los economistas y sus amigos neoliberales se vuelve necesariamente contra los objetivos que persigue. Que, superado un umbral, cualquier institución (empresa, organismo, sistema…) es causa de más efectos negativos que positivos.

Esto estaba ya implícito en la entrada “De cómo tu bici corre más que el coche más potente (y tú sin saberlo)”, en la que se ponía de manifiesto cómo, ya en el nivel actual de “tamaño”, el automóvil representa más un obstáculo para la movilidad que una real ventaja.

Pretendemos ahora seguir desarrollando la cuestión, tomando para ello como institución de análisis la de la “sanidad moderna”, tal y cómo ahora la entendemos.

El Sistema Sanitario Moderno (hospitalario y fármaco-dependiente) es ciertamente una de las vacas sagradas de nuestra civilización reciente, de forma que los recortes actuales en su presupuesto causan una auténtica conmoción. Incluso los que promueven los recortes se justifican hablando de que lo que reducen es el gasto, no el servicio.

Se atribuye al Sistema Sanitario Moderno (SSM) la prolongación de la vida y la mejora de su calidad, la erradicación de numerosas enfermedades (al menos en el mundo rico) y reclamamos “más” sanidad, para nosotros y nuestros amigos pobres, a los que recomendamos encarecidamente nuestro sistema.

ESPERANZA DE VIDA POR ZONAS

Evolución temporal reciente de la esperanza de vida al nacer en distintas zonas

Como ilustración, en el gráfico que acompaña se representa [1] la evolución de la esperanza de vida al nacer en distintas zonas.  Se aprecia por un aparte el ascenso general de la esperanza y la gran diferencia entre zonas

Pues bien, intentaremos justificar en entradas sucesivas que el “tamaño” actual del SSM ya parece haber superado el umbral crítico y ya genera tantos o más problemas que los que resuelve a nivel colectivo y que deberemos reclamar su decrecimiento (no su privatización), convirtiéndole en algo humano, al servicio de las personas, y no a la inversa, que sean estas las que se subordinan a la institución [2].

Pretendemos (de)mostrar cómo, siendo cierto que el SSM ha jugado un papel importante en la mejora de la salud, también lo es que:

  • Sobrevaloramos la importancia del SSM, al atribuirle un buen número de éxitos que no le corresponden.
  • De hecho, no puede considerarse que el SSM sea el gran impulsor de la mejora. El papel de “motor” de la mejora sanitaria debe ser atribuido en mayor medida a la incorporación de los conocimientos sanitarios a la higiene (personal y colectiva), a la traducción del saber médico en hábito extendido.
  • Esa misma sobrevaloración hace que hayamos hecho crecer al SSM hasta llegar a ser algo monstruoso, con vida propia y de imposible control social.
  • Es una institución devoradora insaciable de recursos, económicos y humanos. Cada vez hay (y parecen necesarios) más médicos ¡y más enfermos!
  • Ya está entre las causas de un buen número de enfermedades y muertes, imputables directamente a ella o como causa coadyuvante.
  • Simultáneamente, está siendo incapaz de atacar problemas aparentemente sencillos en el ámbito de los países pobres (o de los pobres de los países ricos)
  • Ha convertido la salud en un objeto de mercado (y de mercadeo). La “salud” se puede comprar (si se puede pagar). Y para la plebe, más que salud, busca remedios para devolver la “aptitud”, la utilidad a aquellos que el sistema ha enfermado. Es la generalización de la función del médico militar, que en lugar de oponerse a la guerra, causa última de las muertes, cura a los combatientes para que vuelvan al campo de batalla para morir por su patria. No ataca las causas (el crecimiento exacerbado, la división del trabajo…) sino las consecuencias (algunas enfermedades).

Para evitar malos entendidos, vaya por delante (y no lo diremos más veces, que no debiera ser necesario el justificarse) que defendemos una sanidad pública pero con rostro humano, muy alejada de la instituida “siempre hospital”, “fármacos para todo”, de la enfermedad y la muerte como error y fallo.

Como aperitivo, en la próxima entrada trataremos acerca de la “enfermedad de la risa” (el kuru, en jerga técnica), de la que han hablado los famosos divulgadores Marvin Harris (en “Bueno para comer”) y Jared Diamond (en “Armas, gérmenes y acero”) [3], pero con un enfoque distinto al suyo; como caso típico de falsa victoria atribuida a la sanidad moderna.

NOTAS PERFECTAMENTE PRESCINDIBLES

[1] Elaboración propia a partir de datos de la División de Población de la ONU (http://data.un.org/Data.aspx?d=PopDiv&f=variableID%3a68)

[2] Como en la entrada relativa al automóvil,  la idea de esta serie desarrolla una idea que presentó hace ya bastante tiempo Ivan Illich, intelectual comprometido que merece una aproximación (http://www.ivanillich.org.mx/). La expuso en “Némesis médica”.

[3] No hay, que sepa, acceso libre a ninguna de estas obras

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3 respuestas a Yo soy antihospitalario. ¿Qué pasa?

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  2. Luis García dijo:

    Un planteamiento muy interesante. Espero con interés las próximas entradas.

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