Yo soy antihospitalario. La anécdota

Morir de risa. Historia de una epidemia (casi) extinguida

Papua

Las golosinas, el tabaco, las tiendas… El consumo llega a todos los sitios, sin remisión.

El título no es una broma, no. La enfermedad de la risa ha existido. Mujer, si hubieses nacido en Papua-Nueva Guinea (en adelante, PNG [1]), en la comunidad de los Fore [2], es probable que hubieses muerto a causa de ella. De hecho, es en las mujeres Fore en la que la enfermedad se ha cebado, casi con exclusividad. Sobre una población de unas veinte mil personas, allá, por 1950, la mortalidad era de unas 200 personas al año. No era una broma, no.

Técnicamente se denomina “kuru” y, pese a no ser el endemismo más dañino en PNG [3], sí es el más conocido entre nosotros, probablemente por dos razones: por su similitud con la de las vacas locas, que sufrimos no hace mucho en el primer mundo, y por su relación con el canibalismo, que le da un toque obsceno del que los occidentales disfrutamos.

El kuru es una enfermedad del sistema nervioso central. Afecta al cerebelo y se manifiesta por un deterioro progresivo, con pérdida de coordinación que afecta inicialmente a las extremidades y al tronco y, posteriormente, al mecanismo de articulación de las palabras [4] y a la capacidad para tragar. En fases avanzadas, las víctimas, mujeres en su mayoría como ya hemos señalado, pierden el control de los músculos faciales, dando la impresión de que ríen hasta la muerte, de donde se deriva la denominación vulgar de “enfermedad de la risa”. Es siempre mortal, con una duración media del proceso, desde la manifestación de la enfermedad, de alrededor de un año.

Desde el punto de vista epidemiológico, los primeros datos de la enfermedad provienen de relatos orales y se sitúan alrededor de 1910. Las referencias escritas de primera mano aparecen algo después de 1950, cuando llegaron los primeros antropólogos occidentales a la región; para entonces, la enfermedad había crecido, llegando a convertirse en una gran epidemia a escala local (como ya hemos dicho, la tasa de mortalidad por su causa era del 1% anual [5]).

Los Fore atribuían la enfermedad a alguna forma poderosa de brujería (indirectamente, así se convertían ellos mismos en temibles hechiceros para sus enemigos). No más acertados estuvieron los exploradores iniciales (antropólogos), que discutían sobre si se trataba de una enfermedad psicosomática o era física y hereditaria. Hoy sabemos que se trata, como decíamos más arriba, de una enfermedad puramente neurológica con un periodo de incubación muy largo (hasta 30 años y más) y contagiosa a través de la ingesta de cerebros de cadáveres infectados. En efecto, entre los ritos funerarios de los Fore figura el de la “transustanciación metafórica[6], según la cual, los cuerpos de los muertos eran comidos por sus familiares, en la creencia de que así se liberaba su espíritu, a la vez que se adquirían las virtudes del difunto. Puro canibalismo, al menos aparentemente, ritual, en el que el cerebro correspondía a las mujeres [7], que en algún momento lo compartían a escondidas con los niños que tenían a su cargo [8].

Retomando el hilo, hemos visto cómo el kuru llevaba camino de exterminar a los Fore cuando, con la llegada del hombre blanco, se produjo el milagro que se refleja en el gráfico. La erradicación de la enfermedad en un nada de tiempo, empezando por los jóvenes [9].

Mortalidad por kuru

Evolución de la mortalidad (nº de muertos) por kuru ente los Fore. No se incluye la curva correspondiente a “mujeres” por no existir en la fuente original. Perdón.

Ante la coincidencia de fechas (y por esa pereza mental que nos hace aceptar muchas cosas sin cuestionarlas), podría pensarse que la llegada del hombre blanco y la medicina moderna  produjo sus frutos. Llega el hombre blanco con su brujería superior y anula  los influjos malignos.

La que sí ha sido una interpretación formal es la que considera el declive del kuru como ligado a la creación de escuelas y puestos médicos, a la construcción de nuevas aldeas con servicios más “modernos” (como el acceso al agua potable en fuentes próximas, por ejemplo). A la llegada de una forma de vida “occidentalizada”, en suma.

Especulaciones. Realmente, cuando se inició su erradicación nadie sabía nada de la enfermedad ni de su contagio. De hecho, el descubrimiento de su mecanismo de transmisión le valió a Gadjusek [10] el premio Nobel de medicina en 1976 e, incluso, el kuru es hoy mismo incurable (como ocurre con su “pariente”, la enfermedad de las vacas locas).

La hipótesis más plausible del espectacular declive es que estuvo motivado por la desaparición del canibalismo. Por razones exclusivamente sociales (no sanitarias), a mediados de los cincuenta la administración australiana prohibió, sumariamente y a pesar de su importancia ritual, las prácticas mortuorias Fore, de forma que, aunque continuaron durante algún tiempo de manera clandestina, realmente han llegado a desaparecer. Algo parecido ha ocurrido entre nosotros en el brote en occidente de la enfermedad de las “vacas locas”, contra el que se establecieron medidas muy estrictas en relación con los despojos animales.

¿Qué conclusiones pretendemos extraer de esto? Realmente, cada uno las suyas, pero es indudablemente que no todas las tradiciones son respetables; las hay que son “a eliminar” (y no estoy pensando sólo en la ablación del clítoris o en el toro de la vega).

También parece un buen ejemplo de cómo, al igual que hay enfermedades que aparecen nadie sabe por qué causa última [11], hay otras que desaparecen, sin que en ello haya intervenido para nada la política sanitaria “moderna”. Que no puede considerarse su desaparición una consecuencia, un éxito, de nuestro “maravilloso y creciente” sistema de salud pública.

Que la salud pública es mucho más que el sistema hospitalario o las farmacéuticas. Que pretender una mejor sanidad no es sinónimo de (y no debiéramos confundirlo con) exigir el crecimiento de nuestro sistema. Que no se puede confundir “más” con “mejor”.

NOTAS PERFECTAMENTE PRESCINDIBLES

[1] Papúa-Nueva Guinea es una nación que ocupa la mitad oriental de una isla situada al norte y muy próxima a Australia. La otra mitad forma parte de Indonesia, después de haber dependido de Holanda. Aunque había sido visitada con cierta regularidad por navegantes y exploradores en siglos anteriores, su interior permanecía prácticamente desconocido para occidente cuando estalló la 2ª Guerra Mundial. Pese a ello, sí estaba repartida: la mitad norte dependía de Alemania y la mitad sur de Australia. Cuando acabó la guerra, en fideicomiso de la ONU, Australia se hizo cargo de todo lo que hoy es Papúa-Nueva Guinea, independiente desde 1975. En el periodo del fideicomiso, en 1951, se constituyó un Consejo Legislativo y se empezó a desarrollar una organización judicial, unos servicios públicos y gobiernos locales relativamente autónomos.

[2] Los Fore forman una de las tribus que habitan una región pequeña, de unos 65 km por 40 km de tamaño (equivalente al territorio de Vizcaya, aproximadamente),  en las Tierras Altas Orientales del interior Papúa-Nueva Guinea.

[3] La malaria cerebral ha causado un número superior de muertes.

[4] Parece que “kuru”, en lengua Fore, significa “temblor de lengua”.

[5] Superior a nuestra tasa actual de mortalidad por cualquier causa

[6] “Trasumptión”, cuando es aplicado al rito Fore

[7] M. Harris, como en toda su teoría, explica todo el proceso, con toda su complejidad, como una respuesta directa al déficit proteínico que sufrían las mujeres Fore

[8] J. Diamond da una explicación de la incidencia de la enfermedad en los niños más al gusto de los tiempos. Literalmente escribe: ”Era transmitido por canibalismo, cuando los niños de las tierras altas cometían el fatal error de chuparse los dedos después de jugar con los sesos crudos que sus madres acababan de sacar de las víctimas muertas de kuru que esperaban ser cocinadas”.

[9] Aun cuando no existen datos anteriores a 1955, no existe nada, en los relatos orales recogidos, que sugiera que el declive de la mortalidad ya hubiera empezado en esa fecha.

[10] Gadjusek vivió entre los Fore, estudió su lengua y su cultura y realizo autopsias de víctimas de kuru. Escribió la primera descripción médica de la enfermedad, clasificando al causante como un “virus lento”. Posteriormente, Prusiner demostraría que era causada por un prion. Un prion es una partícula infecciosa formada por una proteína.  A diferencia del resto de los agentes infecciosos (virus, bacterias, hongos etc…), que contienen ácidos nucleicos, un prion solamente está compuesto por aminoácidos y no presenta material genético. Circunstancialmente, Gadjusek es un premio Nobel poco valorado, probablemente por haber tenido que cumplir condena por pedofilia en USA, practicada en niños papuanos.

[11] Puede pensarse en el Ébola (desconocido hasta 1976), por ejemplo, pero también en múltiples enfermedades asociadas a nuestro modo de vida, sea polución o ingesta de alimentos manipulados industrialmente, por ejemplo.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Otros temas, Salud y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Yo soy antihospitalario. La anécdota

  1. Pingback: Yo soy antihospitalario. Tengo miedo | Agua, energia y decrecimiento

  2. Pingback: Nueva entrada de “Agua, energía y decrecimiento” | Toma los barrios | Retiro

Los comentarios están cerrados.