Yo soy antihospitalario. La clausura

Esta entrada pone fin a la serie “Yo soy antihospitalario”, que empezaba meses atrás con la titulada “¿Qué pasa?

La señal (tomada de http://blancahari.com/category/indignados-rebelados/) habla de la inocentada de un hospital que no se acaba. El sistema hospitalario y farmacodependienet que nos gastamos parece algo bastante peor que una inocentada

La señal (tomada de http://blancahari.com/category/indignados-rebelados/) habla de la inocentada de un hospital que no se acaba. El sistema hospitalario y farmacodependienet que nos gastamos parece algo bastante peor que una inocentada

Como indicábamos en ella, pretendíamos poner de manifiesto cómo el crecimiento exacerbado que preconiza la “ciencia” económica (y sus usuarios neoliberales) se vuelve necesariamente contra los objetivos que persigue (o dice perseguir) de mejorar el bienestar de la ciudadanía. Cómo, superado un umbral de tamaño, cualquier institución (empresa, organismo, sistema…) es más perjudicial que beneficiosa.

Tomábamos para ello el caso de una de las vacas sagradas más evidentes que existen en nuestro mundo occidental: nuestro sistema sanitario, el que podríamos llamar “Sistema Sanitario Moderno” (SSM) tal y cómo ahora lo entendemos: hospitalario y fármaco-dependiente. Una institución a la que atribuimos la prolongación y la mejora de nuestra calidad de la vida,  a través de “su victoria” sobre numerosas enfermedades (al menos en el mundo rico). Tan es así que no dudamos en reclamar “más” sanidad, para nosotros y nuestros países amigos pobres, a los que recomendamos encarecidamente nuestro sistema.

Pretendíamos (de)mostrar cómo, siendo cierto que el SSM ha jugado y juega su papel en la mejora de la salud, también lo es que su “tamaño” actual ya parece haber superado el umbral crítico y genera, a nivel colectivo, tantos o más problemas que los que resuelve y que lo que debiéramos reclamar no es su crecimiento (menos aun su privatización) sino su transformación en algo humano, en algo cuya escala permitiera su colocación al servicio de las personas y no a la inversa, que sean estas las que se subordinan a la institución (aunque sea esta la de la que cuida de la salud).

Y, en las siete entradas concretas (una de ellas, triple) que hemos dedicado al tema, creemos haber cumplido.

Así, en la entrada “Alegato por las vacunas (1 de 3)” se expone como, efectivamente, la sanidad es capaz de destilar efectos benéficos. La entrada se refiere específicamente a las vacunas, de las que señalábamos sus características fundamentales: (1) forman parte del sistema de prevención (distinto de los de tratamiento y curación), (2) son (relativamente) baratas, accesibles y no subordinadas a la necesidad de disponer de la gran parafernalia, característica del SSM, y (3) están integradas en un enfoque sanitario colectivo, promoviendo una protección grupal, más que individual.

Se avalan las afirmaciones anteriores en la entrada “Alegato por las vacunas (2 de 3). La viruela”. En ella se expone cómo la voluntad colectiva de conseguirlo, apoyada esencialmente en la potencia de la vacuna y en unas condiciones especialmente favorables, ha logrado la erradicación de una enfermedad, como la viruela, que llegó a ser la causa de alrededor de una de cada diez muertes registradas.

Se cierra el círculo dedicado a las vacunas en la entrada “Alegato por las vacunas (y 3 de 3). La parálisis infantil”, en la que se habla de la polio y de cómo la vacuna se ha convertido en un complemento indispensable de la higiene (que había causado su transformación en epidemia en los comienzos del siglo XX) en el proceso que ha conducido a su control en el mundo rico y que podría culminar también en la erradicación mundial, si existiese una voluntad decidida.

Bien, la sanidad produce beneficios a la colectividad. Pero esto no es suficiente por sí sólo para que el crecimiento indefinido del SSM sea visto con bueno ojos. Es necesario que sea, sin alternativa, el responsable fundamental y casi exclusivo de las mejoras. Es necesaria su deificación, para lo que hace falta que le atribuyamos todos los éxitos, sean propios o ajenos.

En la entrada “La anécdota” se expone el caso de la desaparición de una enfermedad de la familia de la de las vacas locas a mediados del siglo pasado: la enfermedad de la risa o “kuru”.  Se razona cómo la desaparición, espectacularmente rápida, no ha tenido nada que ver con el SSM sino que ha sido causada simplemente por la modificación de hábitos culturales concretos (la desaparición del hábito del canibalismo en el colectivo afectado).

Ciertamente, el anterior es un caso muy concreto y restringido a una comunidad pequeña (los Fore) de Papúa-Nueva Guinea, pero el cólera ya es una enfermedad de gran alcance y de la que se ha que librado el mundo rico. En la entrada “El cólera, la medicina y el alcantarillado” se analiza la evolución histórica de la incidencia del cólera en Londres y se llega a la conclusión de que la desaparición de las epidemias cíclicas que atacaban la ciudad se debió, exclusivamente o casi, al conocimiento de las causas y de sus vectores de transmisión, a la aparición de la higiene pública y a la introducción de sistemas de abastecimiento y saneamiento (alcantarillado) acordes con el nuevo conocimiento, sin referencia alguna a fármacos u hospitales.

En la misma línea anterior, la entrada “El idolatrado medicamento” analiza la caída que, en el mundo rico, se ha producido en la mortalidad debida a las enfermedades infecciosas, centrándose en tuberculosis, gripe y neumonía. Se desprende del análisis la no incidencia significativa que ha tenido la aparición de los remedios farmacológicos sobre la reducción de la mortalidad. Para más abundamiento, esa entrada  presenta también una comparación entre los mundos de altos y de bajos ingresos y señala cómo, también en este aspecto, existe una profunda brecha entre ellos. Otra cara más de la desigualdad.

Bien, el SSM tiene un efecto digamos que “limitado” en la mejora de nuestra salud, pero es que, además, ese no gran beneficio se consigue a cambio de la mercantilización del sistema. La entrada “Un paréntesis dedicado a los afectados por la hepatitis C” se centra en las enseñanzas que pueden extraerse del proceso de comercialización del Sofosbuvir (el medicamento que, por primera vez, es efectivo en el tratamiento de esa enfermedad) por el laboratorio Gilead y de cómo este dispone de las herramientas necesarias para someternos a un chantaje, pretendiendo cobrar (y lo hará si nadie lo impide) más de 10 veces lo que ha gastado en adquirir el desarrollo (que no desarrollar) el medicamento.

No se sabe si es consecuencia del poderío que tiene la industria farmacéutica y de la laxitud de los gobiernos que se lo permiten, pero lo que sí sabemos es que lo que nos dejamos en sanidad es una parte tremenda de nuestro trabajo. A este tema se dedica la entrada “La irresistible ascensión del gasto sanitario”, exponiendo cómo, en todos los países ricos y de forma directa, dedicamos entre el 9 y el 12%  de lo que producimos (del PIB) a nuestro sistema de salud (la excepción es USA que dedica más, el 16%). Y cómo eso es claramente excesivo y sigue creciendo inexorablemente.

Pero no es sólo que nos dejemos parte de nuestra vida, de nuestra salud, trabajando para poder pagar nuestro SSM, es que este ha llegado a ser un peligro grave para la salud. Como se expone en la entrada “Tengo miedo”, el SSM ya está fuera de control, hasta el punto que, en USA, los errores médicos (no sólo de médicos sino del SSM en su conjunto) ya son la tercera causa de muerte, de forma que en aproximadamente una de cada seis muertes, existe al menos la colaboración de errores sanitarios evitables. Y esa misma tendencia se repite en los restantes países ricos (el número exacto no lo sabemos, que no hay estadísticas serias).

En resumen, el SSM, que vemos como absolutamente indispensable y cuyo tamaño y crecimiento no cuestionamos (es más, reclamamos en ocasiones), tiene, al menos, tantas sombras como luces y nos ha convertido en dependientes de su existencia, hasta el punto de haber excluido del mundo de lo posible cualquier alternativa.

Y no es un caso aislado sino que puede aplicar a cualquier sistema cuyo tamaño haga que su control inviable. La enseñanza, por ejemplo (o el transporte, como analizábamos en la entrada “De cómo tu bici corre más que el coche más potente (y tú sin saberlo)”).

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