¿Nos tomamos en serio el crecimiento que nos prometen?

Ahora que están próximas unas elecciones generales en España y que la situación, dicen, mejora; ahora que ya apenas tenemos cuatro millones ochocientos cincuenta mil parados (más de la quinta parte de la población activa y de ellos sólo dos millones son de larga duración), nos llueven los mensajes optimistas que repiten, como un mantra, que lo peor ya ha pasado, que la economía ya está encarrilada y hemos recuperado el camino del crecimiento y que ya es momento propicio para que la bonanza llegue a todos, que va a ser una juerga a nivel estatal. No se atreven a decir que el paro va a desaparecer pero casi. Que debemos estar agradecidos y esperanzados, que casi la mitad de los parados llevan en el paro menos de dos años (dos millones seiscientos cincuenta mil parados desde hace más de dos años y seiscientos veinticinco mil sin ningún tipo de prestación).

Tanta repetición asusta y parece necesario aplicar un poco de sentido crítico al asunto.

En primer lugar y desde el corto plazo, parece que existe casi unanimidad acerca de que el estallido de “la burbuja” es la principal causa no estructural de la “crisis”, lo que puede leerse como que la situación anterior a la crisis era “la burbuja”. No parece razonable situar esta situación como ideal, a menos que aceptemos que, en un plazo corto, tengamos otro estallido que se lleve por delante a los que malamente han resistido la crisis actual. El crecimiento del periodo pre-burbuja tuvo como consecuencia esta crisis (al menos es lo que dicen).

Pero si miramos con un poco más de perspectiva podemos apreciar cómo, si bien es cierto que han existido periodos en los que el crecimiento ha sido incluso algo superior al que ahora se nos ofrece, esa no ha sido la norma. Todos ellos han tenido lugar en la segunda mitad del siglo pasado y se han asociado, parcialmente, al crecimiento de la población (tocábamos este tema en la entrada “La falsedad del crecimiento continuo”)

Pero además, y fundamentalmente, esos crecimientos se han apoyado en algunas condiciones excepcionales que no es posible (y/o no queremos) que se repitan, al menos no como norma.

La primera y quizá más aparente de las circunstancias se refiere al tratamiento que hemos dado a los recursos naturales y, particularmente, a las fuentes de energía fósiles. Es claro que, mirando al futuro, no es posible seguir con el ritmo de extracción por una parte (son finitas) y, por otra, que el coste de la puesta a disposición será cada vez mayor, al estar las mejores opciones ya agotadas. Este punto lo abordábamos ya en la entrada “Porque los mercados nos dicen… Pero, ¿los mercados hablan?“.

Otro aspecto también señalado en muchas ocasiones es la incidencia que tiene el hecho de que cada vez estemos obligados a dejarnos más recursos en corregir los destrozos medioambientales que causamos con esta forma de vida creciente. Nuestro mundo ya no admite tanta presión como a la que le sometemos y, simplemente para que siga siendo habitable, se hacen necesarias intervenciones (crecientes) de corrección. Por citar solo un caso, las necesidades de depuración de las aguas antes de su retorno a los ríos son ahora mucho mayores  que hace un siglo, al estar agotada la capacidad de autodepuración de los cauces y eso implica unos costes mayores que se comen una parte del presupuesto. Y lo mismo puede decirse del aire que respiramos y, en general, de todos los aspectos vitales.

También tiene su aquel la cuestión de la desigualdad. Es claro que los altos crecimientos del mundo rico se han apoyado en incrementos apreciables de la desigualdad entre países, desigualdad que hoy aparece todos los días en los noticiarios en forma de imágenes de personas que mueren al intentar cruzar el Mediterráneo. Nadie puede dudar que hoy debemos optar entre repartir nuestro bienestar, nuestro “crecimiento” o dejarnos una parte sustancial de recursos en crear barreras y trampas que impidan la llegada de otras gentes.

Queremos terminar hablando quizá de las dos cuestiones que hemos sentido más directamente y que muy semejantes: las condiciones de vida y las específicamente laborales.

La relativa a las condiciones de vida tiene más que ver con el destino de los “beneficios” del crecimiento que con el propio crecimiento. Estamos hablando de los recortes que hemos soportado (además de sufrido) en educación, sanidad y, en general, en todos los servicios sociales.

Pues bien, nos han dicho, por activa y por pasiva, que los recortes eran indispensables para conseguir “el crecimiento” y que estábamos en crisis porque habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades. Con un crecimiento semejante al que había en la época pre-crisis, ¿piensan ahora que recuperar el nivel de prestaciones sociales que entonces teníamos ya no supera nuestras posibilidades? ¿Por qué?

Finalmente, respecto a las condiciones laborales merece la pena recordar que la receta para salir de la crisis era tan simple como trabajar más y ganar menos. Efectivamente nos han aplicado dosis sobradas de la receta (y no sólo en lo de trabajar más, los que han mantenido un puesto de trabajo, sino también teniendo que trabajar en peores condiciones).

Pues bien, con esos sacrificios (así los llaman) hemos conseguido retornar a la situación de unos años atrás y ahora debemos partir de ahí para reescribir la historia, pero una historia que quisiéramos distinta y mejor.

Pero, si esa historia mejor fuese posible sin los sacrificios que hemos debido soportar, ¿no sería la demostración palpable del engaño? ¿No querría decir que nuestras rebajas salariales, nuestras perores condiciones laborales o, incluso, el nivel de paro que todavía tenemos habrian sido evitables?

Y hasta aquí nuestro análisis, que es muy probable que no sea del todo correcto o que sea incompleto, simplemente porque la realidad es suficientemente compleja para no caber en un par de páginas. Pero lo que sí es seguro es que es más honesto que el que nos intentan vender nuestros próceres y que a la pregunta de si puede repetirse el crecimiento pasado no pueda contestarse más que quizá sí, pero en un periodo muy corto de tiempo, que sería a costa de nuestro sufrimiento y que lo acabaríamos pagando con creces más pronto que tarde.

A los que nos intentan vender la idea del crecimiento como solución a todos nuestros males, a corto, medio y largo plazo puede aplicarse ese dicho clásico que establece que “las estadísticas no mienten, pero los mentirosos usan estadísticas

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2 respuestas a ¿Nos tomamos en serio el crecimiento que nos prometen?

  1. Pingback: Otro año que se nos va sin haber hecho los deberes | Agua, energia y decrecimiento

  2. GB dijo:

    Cuánta razón. Debemos poner en duda las “grandes verdades”. Conozco un mentiroso que utiliza muchísimo las estadísticas

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