Y el rey habló… y, para lo que dijo, podría haber callado

Imagen tomada del blog "Esta es la ´linea"

Viñeta tomada del blog “Esta es la ´linea

El crecimiento está de moda hasta tal punto que el mismo rey (de España), en su último mensaje navideño, se sube al tren. No habló de corrupción, por ejemplo, pero sí de crecimiento. Dijo:

Todos deseamos un crecimiento económico sostenido. Un crecimiento que permita seguir creando empleo —y empleo digno—, que fortalezca los servicios públicos esenciales, como la sanidad y la educación, y que permita reducir las desigualdades, acentuadas por la dureza de la crisis económica”.

El crecimiento tomado como necesidad ineludible y aspiración común, como  elemento indispensable para el desarrollo humano y con vocación de eternidad.

La crisis interpretada como un accidente puntual en una línea continua de crecimiento; como un corto paréntesis en el que estuvo ausente el crecimiento.

Pero, si en lugar de repetir como papagayos lo que otros dicen, pensáramos un poco (lo que parece debiera ir en el sueldo de la realeza) podríamos llegar a la conclusión de que lo que realmente es un accidente es el periodo de crecimiento exacerbado de los últimos tiempos respecto al fluir de la historia humana y no la crisis actual (ni tampoco la famosa de Wall Street del 29).

La aceptación de la eternidad del crecimiento es no ver más allá de nuestra pequeña historia personal y negar lo que debiéramos conocer de nuestra historia algo más lejana. Es el equivalente a pensar que no ha habido sequías mayores o lluvias más intensas que las que, personalmente, hemos conocido cada uno.

Ya una entrada anterior, “La falsedad del crecimiento continuo (o si mi abuelo tuviera alas sería un aeroplano)”, ha puesto de relieve, por una parte, que no es cierto que llevemos creciendo desde siempre y, por otra, la catástrofe que nos espera si pretendemos crecer indefinidamente. En esta, como complemento, nos referimos a la imposibilidad de la repetición de este corto periodo histórico de gran crecimiento.

El crecimiento que conocemos tiene su origen y sustento en las dos revoluciones industriales y, especialmente, en la segunda. Esta ocurrió entre 1870 y 1900 y se vio marcada por la revolución energética. Del mismo modo que la primera revolución industrial (1750-1830) se desencadenó a partir de un hallazgo energético (la invención  de la máquina de vapor, a la que acompañó la del  hilado del algodón), el detonante de la segunda fue la invención (en un periodo de 3 meses, en 1879) del motor de combustión interna (aprovechamiento de energía exógena) y de la electricidad (transporte de la misma energía generada y funcionamiento a demanda).

Y es que el gran salto que el mundo ha vivido está asociado a la posibilidad de utilizar energías distintas de las que pueden ser generadas por el hombre o los animales, multiplicando por un número tan grande como se quiera la energía [1] que tenía disponible la humanidad (incluso considerando la que se derivaba de los molinos de agua y de viento). Desde entonces no hemos dejado de hacer algo por falta de energía y lo que representó ese salto (de estar sometido a limitaciones energéticas a no estarlo) sólo puede tener lugar una vez, es irrepetible.

Además, esa disponibilidad energética ilimitada (si puedes pagarla) trajo consigo el desarrollo de un buen número de innovaciones subsidiarias que han nutrido el crecimiento que conocemos. Sin ánimo de exhaustividad, pensemos en algunas. Pensemos, por ejemplo, en que entonces aparecen los abastecimientos municipales, liberando (a las mujeres) de tener que cargar con el agua desde la fuente y aumentando los niveles de higiene. O en el saneamiento doméstico, el alcantarillado público y la desaparición de los animales de tiro de las calles, también en relación con la higiene. Y en el alumbrado privado y público que extiende la duración de las horas útiles. La misma cocina, en la que se pudo prescindir de los combustibles que precisan de acarreo y generan humos y carbonilla.

También se puede pensar en el automóvil, el camión, los aviones y en las vías de comunicación que utilizan (el ferrocarril se asocia a la primera) y en cómo han cambiado la sociedad. Han aparecido los grandes núcleos urbanos y las áreas suburbanas asociadas, que han permitido el desarrollo de los grandes complejos industriales y comerciales. Los mismos ascensores que han dado una tercera dimensión a las ciudades. La maquinaria de obras públicas, que permite mover montañas en nada de tiempo sin recurrir a ejércitos de esclavos o siervos.

En otro orden de cosas están también el teléfono, el fonógrafo y el cine. Las máquinas-herramienta y los electrodomésticos. Incluso pensemos que la calefacción y el agua caliente, aunque más recientes, hunden sus raíces en la segunda revolución industrial, lo mismo que el aire acondicionado.

Vistas con perspectiva, las innovaciones consecuencia de la segunda revolución industrial fueron tan importantes y trascendentales que han condicionado todo un siglo de crecimiento. Pero ese crecimiento no puede repetirse. Podría tener lugar “otro” crecimiento (al margen de la catástrofe y de la desigualdad que ello conllevaría), pero lo que no puede ocurrir es la repetición de este, ya que la gran mayor parte de las innovaciones sólo pueden ocurrir una vez y de las que hemos hablado más arriba ya hemos extraído casi todo su jugo.

Incluso debemos pensar que algunas de las innovaciones ya se están volviendo contra nosotros. Baste pensar, por ejemplo, que la mejora en la higiene pública asociada a la desaparición de los animales de tiro de las calles ya está oscurecida por la contaminación que producen los coches y las calefacciones en las ciudades. Esta cuestión ha sido objeto de algunas entradas anteriores, como por ejemplo, en “De cómo tu bici corre más que el coche más potente (y tú sin saberlo)” o en la serie “Yo soy antihospitalario“.

Hay quien, frente a esto, opone el significado de lo que se califica como tercera revolución: la aparición de Internet, el comercio electrónico y la revolución informática.  Si bien es innegable que la informática está influyendo de manera importante en nuestras vidas, también lo es que su influencia en el crecimiento no es comparable ni de lejos al de las dos revoluciones industriales propiamente dichas.

En primer lugar debemos pensar que se trataría de una nueva experiencia, no de la repetición (o continuación) de la anterior, por lo que su efectividad, en cuanto a motor de crecimiento, no puede darse por supuesta. Y, si analizamos sus efectos, es evidente que su influencia, que su campo de acción, no es tanto la generación de bienes y servicios útiles (lo que los economistas llaman riqueza) como el de la industria del entretenimiento y el de la generación, el transporte y el almacenamiento de información [2]. Incluso, si se mira con una cierta perspectiva, resulta evidente que estaríamos hablando del pasado más que del futuro. Que la revolución informática puede estar dando sus últimos frutos en cuanto a su papel de motor del crecimiento.

Baste señalar en que Internet aparece en 1995, cuando ya estaban en uso la mayor parte de la ofimática y de los servicios complementarios destinados al ahorro de trabajo. De hecho, los ordenadores empezaron a remplazar el trabajo rutinario y repetitivo de las oficinas allá por la década de 1960. Los 50 años transcurridos desde entonces parecen ya un periodo suficientemente largo como para que la revolución informática haya superado su madurez y deje de ser considerada como novedad.

Para terminar y volviendo al principio. el apoyo regio al crecimiento, una razón más para pensar en la república (y en el decrecimiento).

NOTAS PERFECTAMENTE PRESCINDIBLES

[1] Más precisamente debiéramos hablar de potencia, ya que la comparación entre la energía “biológica” (la que procede de hombres y animales, es decir, la que se desprende de la alimentación) y la nueva exógena es engañosa. Mientras la primera es renovable, la segunda es fósil y, por tanto, tiene un límite. Lo que dio origen a la segunda revolución industrial fue la posibilidad de disponer de muchísima más energía por unidad de tiempo, esto es, disponer de mucha más potencia.

[2] Es clara la dificultad que entraña la comparación entre dos circunstancias, una vivida directamente por nosotros (puede ser la revolución informática) y la otra previa a nuestro nacimiento (podría ser la segunda revolución industrial). Tenemos la tendencia a pensar en lo antiguo como algo que es natural, que ha estado siempre ahí y respecto a lo que se miden las novedades.

Para facilitar la comparación existe un experimento mental clásico que consiste en preguntarse qué situación preferiríamos cada uno de nosotros de dos hipotéticas, ambas derivadas de la situación actual y obtenidas mediante la desaparición de una u otra de las características que se pretenden comparar.

Se puede aplicar el experimento anterior para comparar entre una situación como la actual pero sin ninguno de las innovaciones recientes (Internet, comercio electrónico, smartphone , ipad, tablet…) y otra con todos estos elementos pero sin agua corriente ni saneamiento en casa (algo que sería sólo una de las innovaciones asociadas a la segunda revolución industria y relativamente fácil de imaginar porque la situación es real hoy para más de mil millones de personas en el mundo). Si uno piensa en que todo el agua que consume debiera haberla ido a buscar a una fuente pública (en el mejor de los casos) y que un apretón nocturno debiera ser resuelto con una visita al corral, quizá lloviendo 0 con temperaturas bajo cero, quizá llegue a la conclusión de que no tendría ni tiempo ni ganas para enviar o recibir WatsApp.

Dicho en palabras pobres, sería casi como comparar entre vivir en un pueblo africano pero con todos los medios electrónicos al alcance de la mano y vivir en un pueblo español actual, sin los artilugios modernos pero con aire acondicionado incluso en el tractor.

 

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8 respuestas a Y el rey habló… y, para lo que dijo, podría haber callado

  1. Juan Carlos dijo:

    Eso suponiendo que esas dos personas tienen la capacidad mínima para entrar a producir esos bienes y servicios.Un problema de adecuar la educación con el empleo que se necesita.Sin duda si no tienen esa base de conocimiento suficiente mediante caridad o a través de los impuestos del Estado esas dos personas podrían adquirir los bienes y servicios que necesitan. Peo aquí ya chocamos con el límite que la sociedad está dispuesta a relajar sus bolsillos.Y el debate es de quién es más bueno …de quién es más tonto y relaja antes sus bolsillos…Por supuesto aquí entran temas como el crecimiento de la población:¿Tiene sentido que India o algunos países africanos aumenten su población a tasas que parecen excesivas para el equilibrio de las familias?.Volvemos a la educación.
    Todo complejo pero de acuerdo Hay que pensar de otra manera ….para luego actuar de otra manera.Pero esto ya No es educación.

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    • Gracias Juan Carlos y Luís. Es gratificante que hayáis entrado al trapo del debate, que ha derivado, desde una entrada que habla de la imposibilidad de repetir el crecimiento pasado reciente, hacia la relación entre decrecimiento “económico” y crecimiento demográfico.
      Estoy de acuerdo con lo que dice Luís acerca de que se trata de “organizarnos de otra manera” y quiero aportar un par de consideraciones adicionales y lo que yo creo es una carencia.
      El crecimiento demográfico es algo trascendente en cualquier planteamiento a largo plazo pero no es, al menos hoy, lo fundamental. La previsión más alta que yo conozco estima la población a final de siglo en unos 11.000 de millones de personas, lo que equivale a un crecimiento del 50% respecto a la actualidad (multiplicación de la población actual por 1,5). El PIB en el último año ha crecido en España, sin inflación, un 3%. Si ese crecimiento se mantuviera hasta final de siglo, el PIB actual se vería multiplicado por más de 12, lo que es otro orden de magnitud e indicaría que hay “variables” más importantes que condicionan el crecimiento. En una no muy lejana entrada hablaremos de ello en el blog.
      La cita crítica al crecimiento demográfico en países con ingresos bajos, en el contexto del debate crecimiento-decrecimiento y expresada desde un país con ingresos altos, creo debiera incluir una referencia al destino del crecimiento económico en los países ricos. Creo que la crítica es del todo injusta, a menos que el incremento del PIB en los países ricos se destinase al consumo en los países pobres, sin ningún tipo de condicionante. Difícilmente puede pensarse que el crecimiento demográfico africano pueda justificar el crecimiento del consumo en Europa, por ejemplo.
      Y esto conduce a lo que creo es una carencia: la no consideración de la desigualdad. Por ejemplo, si ordenamos los países por su PIB per cápita (datos del Banco Mundial), en el 20% más rico (1.400 millones de personas a día de hoy) se concentra el 70% del PIB mundial mientras que al 20% más pobre le corresponde el 2% (35 veces menos). Eso puede expresarse como que se podría mantener un crecimiento global nulo si los países pobres creciesen un 3,5% anual, por ejemplo, y los ricos des-creciesen un 0,1%. Como en casi todo, la responsabilidad de lo que ocurre globalmente recae sobre los que más reciben.

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      • Juan Carlos dijo:

        Midamos el PIB de un país por el método del gasto, En este caso se está cuantificando el destino de la producción. Existen cuatro grandes áreas de gasto: el consumo de las familias (C), el consumo del gobierno (G), la inversión en nuevo capital (I) y los resultados netos del comercio exterior (exportaciones-importaciones). Qué parte del incremento del PIB dedicamos a los paises pobres para no generar desempleo en tu propio país y no hablo de cantidades pequeñas que en realidad son limosna.Sin duda se pueden optimizar C, G I y Ex-Im..entraríamos en lo de organizarnos mejor a costa de vivir algo peor . Pero ahora viene a quién le traspasamos el dinero..el conocimiento…a quién le vendemos mas barato..Miremos a nuestro alrededor “pobre” en serio :hay dictaduras , corrupción , negligencia…Y dentro de nuestra estructura occidental por dónde empezamos …EEUU , Europa , Canadá Japón,Australia…¿Quién debe aportar más?, ¿Quién menos?. Un reto nada sencillo ni para los políticos ni para los ciudadanos de esos países.Quizás por esto estamos dónde estamos.Mejores Democracia , Educación…y ahí tenemos en España los elegidos por los ciudadanos. Hay de todo.

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      • Luis dijo:

        Sí, es gratificante que se produzca debate. Yo creo que de la reflexión que se expone en el artículo se puede concluir que el único crecimiento al que de verdad deberíamos aspirar es el que suponga la extensión de los beneficios de la segunda revolución industrial a las personas que aún no los disfrutan, que son muchísimas. Curiosamente, a las sociedades “pobres” están llegando antes los avances de la tercera revolución industrial que los de la segunda (hay mucha gente que tiene móvil y no tiene ni agua corriente ni saneamiento ni suministro eléctrico en su casa).
        El problema de la desigualdad es crucial y supongo que ningún planteamiento sobre “organizarse de otra manera” puede estar completo si no lo tiene en cuenta. Y el problema del crecimiento demográfico, que a mí me parece que también es crucial, puede que lo sea aún más porque aumenta la desigualdad: las poblaciones que crecen son las empobrecidas (probablemente este es el único crecimiento demográfico posible teniendo en cuenta la cantidad de recursos que consumimos, o derrochamos, los habitantes “ricos”). Por otra parte, el hueco que abre un decrecimiento del 0.1% en el 20% rico no basta para “mantener” un crecimiento del 3.5% en el 20% pobre: esto sólo funciona el primer año.
        Organizarse de otra manera para superar estos problemas es, sin duda, muy difícil. Los comentarios de Juan Carlos así lo indican y yo, sinceramente, no tengo ni idea de cómo se podría hacer. Pero una cuestión que a mí me preocupa muchísimo es que las teorías económicas y políticas predominantes parten del supuesto de que no hace falta organizarse de otra manera. La creencia “oficial” es que nuestro sistema, corrigiendo pequeños desajustes aquí y allá, es el que va a solucionar esos problemas o, por lo menos, va a llevarnos a la mejor solución posible.

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      • He de pedir disculpas por no haber aclarado suficientemente en mi comentario anterior que la anulación global de los efectos de un crecimiento del 3,5% en los países de menores ingresos y un decrecimiento del 0,1% en los países de ingresos altos se produce sólo cuando la relación entre los PIB de ambos grupos es de 1 a 35, lo que se da sólo hoy, el primer año, como muy bien indica Luís. Si las tasas anteriores se llegasen a producir, la relación de desigualdad se modificaría a lo largo del tiempo, hasta el punto que, si se prolongasen lo suficiente, llegarían a igualarse los PIB de los dos grupos, desapareciendo la frontera entre países con PIB alto y bajo.
        No obstante aprovecho para comentar que lo que realmente pretendía indicar al señalar la equivalencia (insisto, que sólo aplica al primer año) es la gran desproporción que existe entre los efectos globales del crecimiento, según correspondan a países con PIB alto o bajo, que hace que no puedan meterse ambos procesos en el mismo saco.
        Ademá,s y en esa misma línea,, la desigualdad es tan exagerada que la gran desproporción de los efectos más arriba señalada se mantiene en lo sustancial durante mucho tiempo. Por ejemplo, si analizamos un periodo de 50 años y, a partir de los PIB reales actuales, evaluamos la pareja de tasas de crecimiento y decrecimiento (constantes) que conducen a un incremento nulo en el PIB global en el total de la serie, el resultado es que a un decrecimiento del 0,1% en los países con PIB alto le corresponde un crecimiento del 2,3% en los países con PIB bajo (y la relación de desigualdad habría pasado al cabo de los 50 años del 35 inicial a 11) y que a un crecimiento del 3,5% en estos últimos le corresponde un decrecimiento del 0,2% (la relación de desigualdad bajaría hasta 6).
        En el último supuesto anterior, al cabo de los 50 años el PIB anual de los países con mayores ingresos habría perdido un 10% (¿no despilfarramos más de un 10% de lo que producimos?) mientras que el de los países de ingresos menores se habría multiplicado por más de 5.

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  2. Luis dijo:

    Una reflexión muy interesante, con la que sintonizo plenamente:
    http://lasendadelcrecimiento.blogspot.com/2012/11/crecer-en-tiempos-revueltos.html

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  3. Juan Carlos dijo:

    Pensemos en una población de 100 personas en equilibrio con un nivel de vida suficiente , trabajo etc.Se incorporan otras dos personas.Inevitablemente sólo cabe que cada uno produzca bienes o servicios que le comprará el otro y al contrario.Volveríamos a tener equilibrio y sin duda ha existido crecimiento según medimos el PIB y no perjudica. El aumento de la población lleva al crecimiento o algo falla. Pensemos que no falla nada sino que por aumento de productividad las 100 personas iniciales producen los suficientes bienes y servicios para que no sea necesario el trabajo de las dos nuevas. Tendremos dos personas en paro que no podrían comprar los bienes y servicios que necesitan.Dibujo un esquema simple pero no es tanto el problema del mundo de decrecimiento como de igualdad , justicia , permanentes ajustes que cuando hablamos del mundo resulta muy complejo. Ahora con el mundo de verdad más global y constituyendo casi una unidad económica incluso más.Y no veo que la caridad y la beneficencia sean la solución inteligente si es que existe.
    Abz Mariano

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    • Luis dijo:

      “Tendremos dos personas en paro que no podrían comprar los bienes y servicios que necesitan” o tendremos que los 100 originales se darán cuenta de que podrían dejarse ayudar en el trabajo por los 2 recién llegados, que ya no estarían en paro, de modo que todos podrían disfrutar de los bienes y servicios pero trabajando un poco menos. Se trata de aprovechar el aumento de productividad para tener más tiempo de ocio en lugar de para tener más bienes y servicios. Se trata, pienso, de organizarnos de otra manera…

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