No es país para viejos

Esta entrada se articula, exclusivamente, alrededor del gráfico que veis aquí.

Ocupados vs población por tramos

Porcentaje de población ocupada en España respecto a la población total en los mismos tramos de edad para distintos años. Elaboración propia. Datos provenientes de la Encuesta de la Población Activa, del Instituto Nacional de Estadística (puedes acceder aquí a los anteriores a 2005 y aquí a los posteriores)

Refleja, para distintos tramos de edad y en distintos años, el porcentaje que, en España, representa la población ocupada respecto a la población total en ese mismo tramo de edad. Hablar de la población ocupada es más representativo de la situación del mercado de trabajo que cualquier otra medida disponible (más que la población activa o la población en paro, por ejemplo) [1]. Sí debe señalarse que en la población ocupada no se diferencia entre la ocupada a jornada completa y la que lo es a tiempo parcial, distinción que va adquiriendo más trascendencia cada día que pasa.

Se representan los años 2013 (último con datos completos disponibles y quizá correspondiente al peor momento reciente en nivel de empleo en España) y 2007 (quizá el último previo a la crisis en la que todavía estamos inmersos). Más atrás en el tiempo se reflejan 2000, 1995 y 1990. Retroceder todavía más no parece prudente, ya que los datos ya no son homogéneos y se refieren a una clasificación más grosera por tramos de edad (sólo se distinguen cuatro tramos). Los valores representados corresponden a la media de todo el año, para evitar estacionalidades.

Como es obvio, en el gráfico se aprecia, en primer lugar, cómo los años son distintos. 1990 y 1995 son bastante semejantes, elevándose la tasa de ocupación en 2000 y alcanzando su máximo en 2007. 2013 refleja una caída notable en la ocupación relativa. También se aprecia cómo existe un proceso en la incorporación de los jóvenes al mercado laboral (tramo ascendente desde los 16-19 años hasta los 25-29) y cómo en los últimos años se ha vivido un tremendo y dramático retroceso en el nivel de ocupación en estas edades, de forma que la entrada de un joven en el mundo del trabajo parece hoy algo muy próximo al milagro. Comparando la situación de 2007 con la de 2013 se aprecia que la población ocupada en la franja de 16-19 años ha pasado del 21 al 4% (en 2013, sólo 4 de cada 100 personas estaban ocupadas) y que en el intervalo 20-24 años el retroceso ha sido desde el 57 al 29% (la tasa de ocupación se ha reducido a la mitad).

Lo anterior es sin duda trascendente, pero sobre lo que queremos llamar la atención hoy es sobre los tramos finales de las curvas, las que corresponden a los “viejos” y que, en todo el periodo analizado, presentan como característica común el pronunciado descenso en la tasa de ocupación que se produce al ir cumpliendo años, de forma que la tasa, para la franja de los 60-64, años en ningún momento supera el 33% y la asociada a la franja 55-59 alcanza, como máximo, el 55%.

Este fenómeno en algún momento se ha querido asociar a que la población, llegada una edad, optaba por retirarse voluntariamente del mundo laboral, acogiéndose a jubilaciones anticipadas (promovidas por las empresas) o, simplemente dejando de trabajar.

No obstante, a día de hoy parece evidente que lo que ocurre es que, dicho con crudeza, los viejos (entendiendo como tales los que superan la cincuentena) son expulsados del mundo del trabajo; que el mercado los rechaza. Ciertamente, en los años de bonanza el rechazo, en un cierto porcentaje de los casos, tomaba la forma de forzar la salida mediante el establecimiento de unas condiciones económicamente ventajosas para los afectados (jubilaciones anticipadas en sectores tales como el bancario o el eléctrico, por ejemplo) pero la expulsión se ha seguido produciendo incluso cuando esas condiciones han desaparecido.

En el año 2013 pocas han sido las personas que han renunciado a su puesto de trabajo pudiéndolo haberlo conservado. La situación era (y es) tan dramática que las familias han necesitado de todos los ingresos que han podido conseguir para poder sobrevivir y la jubilación era (y es) un lujo. De hecho, los mayores, en muchos casos, han sido el único sostén económico de las familias. Y, pese a todo, en 2013 sólo una de cada tres personas de entre 60 y 64 años estaba ocupada.

Esto realmente no puede sorprender a nadie. Todos somos conscientes de que quedarse en paro cuando se ha doblado el cabo de la cincuentena es algo muy próximo a la condena de no volver a cobrar por trabajar nunca, de ser aborrecido como inservible para la colectividad. De ser un juguete roto y una carga.

Frente a esta realidad, el mundo está lleno de llamadas a alargar la edad de jubilación, por ejemplo. ¿Para qué? ¿Para que haya más personas expulsadas del mercado laboral? ¿No será que esconden lo que realmente quieren y nos intentan engañar? ¿No será que lo que pretenden conseguir es, simplemente, empezar a tener que hacer frente a las pensiones más tarde? ¿No será que intentan adelgazar las pensiones, haciendo que cada uno, cada familia, se haga cargo del coste de os suyos?

En el fondo, la forma de las curvas, de las de todos los años, indica la preferencia de los que mandan, lo que “los mercados nos dicen”: sí, yo quiero personal, mano de obra, pero la quiero ya formadita, que no quiero pagar yo eso de la formación y el entrenamiento (de ahí la baja contratación de jóvenes) y que, cuando el personal se vaya haciendo mayor, se vaya a su casa, que de su coste tampoco quiero hacerme cargo yo (de ahí la baja contratación de mayores). Los quiero entre los 30 y los 50, que es cuando están en sazón (sin remedio, se viene a la imaginación el funcionamiento de los mercados de esclavos que hemos visto en las películas).

Y desde el crecimiento,  que con tanta frecuencia citan como condición indispensable del bienestar, como condición necesaria para la “sostenibilidad” de las pensiones, ¿cómo es posible que no se aproveche toda esa fuerza de trabajo que alegremente se expulsa del mercado para la creación de riqueza e incremento del bienestar? ¿Quizá sea que no es válido cualquier crecimiento? ¿Tal vez señala que al sistema económico que nos rige sólo le interese un crecimiento que santifique la desigualdad? ¿O que rente beneficios a los que disponen del capital y tienen la capacidad de organizar el sistema, a los de arriba?

En palabras pobres, ¿por qué no tenemos, colectivamente, la posibilidad de organizarnos de formas más sanas que las que nos dictan los mercados? ¿Cómo es que no podemos obligar a los que más tienen a que participen de las necesidades colectivas y contribuyan a evitar la expulsión de los viejos del mundo laboral? ¿Por qué no podemos llegar a un reparto equilibrado del trabajo necesario?

¿O sí podemos?

NOTAS PERFECTAMENTE PRESCINDIBLES

[1]  De acuerdo con el INE, están en situación de ocupados las personas de 16 o más años que durante la semana de referencia han estado trabajando durante al menos una hora, a cambio de una retribución (salario, jornal, beneficio empresarial,…) en dinero o especie. También son ocupados quienes teniendo trabajo han estado temporalmente ausentes del mismo por enfermedad, vacaciones, etcétera. Los ocupados se clasifican atendiendo a la situación profesional en no asalariados (empleadores, empresarios sin asalariados y trabajadores independientes, miembros de cooperativas, ayudas familiares) y asalariados (públicos o privados).

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3 respuestas a No es país para viejos

  1. Pingback: De la incorporación de la mujer al mundo del trabajo externo (o lo malo de establecer categorías entre reivindicaciones justas) | Agua, energia y decrecimiento

  2. estela dijo:

    Claro que se puede…pero no quieren

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  3. Javier dijo:

    Muy ilustrativas las gráficas.
    Gracias por su elaboración. Retratan con crudeza la sociedad en la que vivimos y que para más inri formamos entre toda nuestra generación.
    Estaría bien ver las de otros países (desarrollados). Me temo que la desigualdad también va ligada al desarrollo (social, cultural).

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