De la incorporación de la mujer al mundo del trabajo externo (o lo malo de establecer categorías entre reivindicaciones justas)

Hoy, en pleno cumpleaños del 15M, es un día tan bueno como cualquier otro para intentar entender algo más acerca de cómo se ha producido la (reciente) incorporación de la mujer al mundo del trabajo remunerado y de eso va esta entrada.

Empecemos por un gráfico ilustrativo.

pob ocupada vs pob v1

Evolución temporal del nivel de ocupación de hombres y mujeres en trabajo externo al hogar en España. Fuente: elaboración propia, utilizando, para datos recientes, http://www.ine.es/dyngs/INEbase/es/operacion.htm?c=Estadistica_C&cid=1254736176918&menu=resultados&idp=1254735976595, y para datos históricos, http://www.ine.es/inebaseDYN/epa30308_p2001/epa_series_anteriores2005.htm

El Gráfico se centra exclusivamente en la franja de población comprendida entre los 25 y los 55 años de edad [1], que es la que presenta un comportamiento más estable a lo largo del tiempo, como se ponía de manifiesto en una entrada anterior (“No es país para viejos”) [2]). Refleja, diferenciando por género, la evolución de la población que ha estado ocupada en España [3]  [4] a lo largo de nuestra historia reciente (desde el final de la dictadura).

Si observamos en primer lugar la evolución del nivel de ocupación de la población masculina podemos apreciar un comportamiento manifiestamente estable, con niveles relativamente altos (entre el 80 y el 90% sistemáticamente). Se aprecian las caídas que se asocian a las distintas crisis económicas: la del petróleo de los 70, la del comienzo de los 90 y la que todavía estamos viviendo de 2007. Parecería como si el nivel de ocupación masculina se situase en el entorno del 90% en las épocas de bonanza, con caídas importantes (hasta llegar a un mínimo del 70% en 2013) cuando las crisis han apretado.

El comportamiento de la ocupación femenina es muy distinto. A partir de un suelo inicial constante del 30% de ocupación, en 1986 se inicia un crecimiento sostenido hasta aproximarse al 70% en 2008. A partir de este momento se hace sentir la crisis actual y se produce un descenso en la ocupación, si bien este descenso es de menor entidad que el de la ocupación masculina.

Hasta aquí, los números, paro ¿qué nos dicen estos? Muchas cosas.

En primer lugar, lo más obvio y lo que creo que compartimos todas las personas de buena fe. La lucha por la igualdad de género en el ámbito del derecho a trabajar fue y es indispensable y rinde frutos tangibles. La diferencia en la ocupación entre las poblaciones masculina y femenina se ha reducido en los últimos 30 años desde los 50 puntos porcentuales a 10.

Cierto es que la igualdad está todavía muy lejos, como se pone de relieve en una entrada anterior (“El agua, cosa de mujeres…“), en la que se recoge una cita del Informe 2015 de UGT sobre desigualdad salarial que dice literalmente: “tomando como referencia 251 días laborables [por año], las mujeres en España para percibir el salario  que recibirían si su trabajo fuera reconocido en términos económicos con el mismo valor que el de los hombres, tendrían que trabajar 79 días más al año […/…] O lo que es equivalente, para percibir las mismas retribuciones por trabajos de igual valor, los hombres necesitan trabajar doce meses y las mujeres dieciséis”. Pero también es cierto que hemos avanzado.

Pero se pueden ver las cosas desde otro punto de vista. La evolución de la ocupación que refleja el gráfico también pone de manifiesto la casi infinita capacidad de adaptación de este sistema socioeconómico en el que nos movemos y que puede seguir siendo perverso incluso cuando incorpora causas tan obvias y evidentes como la del derecho al trabajo remunerado de las mujeres.

En este ámbito del trabajo remunerado, ha sido capaz de convertir la reivindicación del derecho al trabajo en la obligación de trabajar. Si una pareja quiere vivir con un mínimo de dignidad, difícilmente se puede permitir el lujo de renunciar a los ingresos del trabajo de cualquiera de sus dos componentes.

Ha conseguido que los trabajos no remunerados (los trabajos de dentro del hogar) se mantengan en el ámbito de actuación femenino. Mujer, reivindicas el derecho a trabajar fuera del hogar, pues tendrás la obligación de trabajar fuera y seguirás teniendo la de hacerte cargo del trabajo de dentro.

Incluso, ha asimilado la reivindicación sin dar siquiera un paso hacia el reparto del trabajo externo entre géneros, como lo pone de manifiesto el que el crecimiento de la ocupación femenina no haya venido acompañado por un decrecimiento semejante en la ocupación masculina [5].

Y lo más difícil. Sin aparente contradicción, ha llegado a convertir la reivindicación en un sostén importante del crecimiento económico en el que hunde sus raíces todo el sistema socioeconómico hoy dominante. Ha incorporado, con nuestro beneplácito, una buena masa de mano de obra al mercado de trabajo, coadyuvando al crecimiento de la economía.

Esta capacidad de asimilación del sistema ¿quiere decir que debamos renunciar a la defensa de las causas justas? ¿Que la lucha es inútil? Desde mi punto de vista, la conclusión es casi opuesta. Lo que, en realidad, el sistema se ha demostrado capaz de asimilar es cada una de las reivindicaciones tomadas individualmente, por lo que la oposición, si quiere ser efectiva, sólo puede ser global y completa. Creo que este fue uno de los “descubrimientos” brillantes del 15M, el de la necesidad de integrar todas las causas, el de entender que si se niega un derecho se niegan todos y el derecho negado pasa a ser, en ese momento, el más importante para todas las personas de bien. Que no hay una jerarquía permanente y universal entre los derechos.

Y esta es también la causa de considerar que el decrecimiento, el desmantelamiento de la estructura patriarcal y la autogestión conforman conjuntamente la oposición radical no violenta al sistema, no porque sean reivindicaciones más importantes que otras (uno no puede obviar la crisis de los refugiados, las hambrunas o la emergencia habitacional, por citar sólo tres) sino porque cuestionan sus raíces profundas.

Y es que, en realidad, las peleas o son todas o no es ninguna. Todas las causas justas deben ser atendidas, porque, en caso contrario, este sistema económico y social al que llamamos capitalismo y que nos dicta hasta lo que debemos sentir, tiene tantas caras y tanta habilidad que es capaz de reconstruirse a partir de cualquiera de los tentáculos que le dejemos libre.

NOTA MARGINAL PERO QUIZÁ IMPORTANTE

Siquiera sea marginalmente, parece importante señalar que la gráfica también pone en cuestión la idea de que el crecimiento ha sido una constante histórica y que así seguirá siéndolo. La gráfica marca como una parte importante del crecimiento económico en el periodo 1986-2007 se puede atribuir a la incorporación de la mujer al mundo del trabajo externo al hogar. Esta incorporación, en gran medida, ya se ha producido (el nivel de ocupación femenino era en 2015 de diez puntos porcentuales inferior al masculino, mientras que en 1986 la diferencia era de cincuenta puntos) y, por tanto, ya ha contribuido al crecimiento y sólo podrá hacerlo en el futuro en mucha menor medida (de los cincuenta puntos de diferencia de que se partía se han utilizado ya cuarenta).

NOTAS PERFECTAMENTE PRESCINDIBLES

[1] Considerar la población ocupada en su totalidad, independientemente de la edad y tal y como se hace habitualmente, tiene dos inconvenientes fundamentales. Por una parte, la edad mínima para trabajar se ha modificado a lo largo del tiempo y, del mismo modo, también lo ha hecho la edad en la que se produce la incorporación al campo laboral, por modificación de planes de estudio y de formación, por ejemplo. Por otra, el incremento que se ha ido produciendo en la esperanza de vida ha dado lugar a que se haya incrementado de forma sustancial la población que supera la edad de jubilación y que, casi en su totalidad, sale del mercado laboral. Ambas circunstancias afectan a hombres y mujeres e introducen un “ruido” en el análisis que dificulta enormemente la comparación entre colectivos. El trabajo exclusivo sobre la franja de edades de máxima ocupación sistemática permite una comparación mucho más limpia entre ambos colectivos.

[2] En la entrada citada se analiza la evolución del nivel de ocupación por franjas de edad y se concluye que el “mercado” del trabajo (los que mandan en la contratación)  demanda sistemáticamente y de manera muy preferente a trabajadores en el intervalo entre los 30 y los 50 años de edad. Aquí hemos debido extender el intervalo hasta el 25-55 por no existir datos, en los años iniciales de la serie, que permitan una discriminación mayor.

[3] Hablar de la población ocupada es más representativo de la situación del mercado de trabajo que cualquier otra medida disponible (más que la población activa o la población en paro, por ejemplo). Sí debe señalarse que en la población ocupada no se diferencia entre la ocupada a jornada completa y la que lo es a tiempo parcial, distinción que va adquiriendo más trascendencia cada día que pasa.

[4] De acuerdo con el INE, están en situación de ocupados las personas de 16 o más años que durante la semana de referencia han estado trabajando durante al menos una hora, a cambio de una retribución (salario, jornal, beneficio empresarial,…) en dinero o especie. También son ocupados quienes teniendo trabajo han estado temporalmente ausentes del mismo por enfermedad, vacaciones, etcétera. Los ocupados se clasifican atendiendo a la situación profesional en no asalariados (empleadores, empresarios sin asalariados y trabajadores independientes, miembros de cooperativas, ayudas familiares) y asalariados (públicos o privados).

[5] Es honesto señalar que en el análisis no se ha tenido en cuenta la evolución de la duración de la jornada, si bien se ha comprobado que la consideración de esta variable no modificaría las conclusiones aquí expuestas. De acuerdo con la publicación “Estadísticas históricas de España. Siglos XIX y XX” (2005. Fundación BBVA (http://www.fbbva.es/TLFU/dat/autores.pdf), a lo largo del periodo 1976-2015 que cubre el gráfico que sirve de apoyo a esta entrada, la duración efectiva de la jornada laboral de los sectores no agrícolas se ha reducido desde las 42 horas de 1976 a aproximadamente 36 en 1988, manteniéndose en el entorno de esta cifra hasta 2001, mientras que, por su parte, el despegue de la ocupación femenina en el trabajo remunerado se inicia en 1986.Si extendemos la serie hasta el comienzo de la crisis de 2007 utilizando los datos de la encuesta de Coyuntura Laboral, en el periodo 2001-2007 (https://explotacion.mtin.gob.es/series/)  se produce una reducción de tan sólo una hora en la duración de la jornada laboral (de 36,6 a 35,5 horas por semana).

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