Una escena cotidiana (y otra, no tanto)

Empezamos por lo cotidiano.

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Imagen tomada de “Chile, la Oda al Consumo“. Escrito por Priscilla Vidal y publicada en “Chile ajeno”, de Revista Sur

Finales de 2015. Una pareja que vive en el barrio (hablo de Retiro, en Madrid) piensa que debería modificar su contrato telefónico. Ya los dos están jubilados y, además, las tarifas han bajado y su contrato es caro.

Acuden a un punto de venta [1] y preguntan por las opciones que existen y se enteran de que ya la posibilidad de mantener la línea convencional, de cobre, no existe y que deben pasar a fibra.

Después de pasar por cuestiones tales como la contratación de canales de televisión o el número de terminales, se llega a la velocidad.

-Tienen las opciones de 30 o 300 megas, pero, sin duda, para ustedes es muchísimo mejor la de 300.

-¿Y el coste?

-La de 300 es algo más, pero no hay color.

Los precios era 32 y 44 €/mes y la conversación siguió por esos derroteros de intentar vender la conexión a 300.

-La de 30 casi ni es fibra. Nosotros la llamamos “el parche”.

-Pero nosotros tenemos una conexión de 8 y no echamos en falta mayor velocidad…

– Miren, podemos hacer una cosa. Les puedo ofrecer un periodo a prueba de la conexión a 300 y, si les gusta, se mantiene y, si no, volvemos a la de 30. ¿Qué les parece?

-Casi preferimos al contrario. Probamos con la de 30 y, si no nos es suficiente, pasamos a la de 300.

Y así se hizo.

La otra escena, no tan cotidiana.

Era el año 1986 cuando cuatro personas iniciaron viaje desde Madrid al sur, con la ilusión de atravesar por sus medios el Sahara  y salir por Burkina Faso.

Viajaban en una furgoneta a la que llamaban “el zambombo”, de color azul imbécil, decían.

Aparte de todo lo necesario para una excursión de un par de meses, llevaban una docena de garrafas de plástico para el agua y otras tantas para el gasoil, pensando en los 1.200 km de pista que les esperaban, sin posible aprovisionamiento. Eran garrafas de diez litros ya desechadas, de esas que se usaban en los hospitales para el suero fisiológico, creo.

Efectivamente, entraron en el desierto sin asfalto por Reganne (Argelia) y salieron por Gao (Mali), camino de Mopti (Mali). Aquí se detuvieron durante un tiempo, viendo fluir el Niger y la vida que bulle a su alrededor y durmiendo en un camping o, mejor, en “el” camping que entonces funcionaba y que, por cierto, tenía un restaurante, en el que los vasos eran latas de conserva de tomate frito.

Mopti

Desembocadura del Bani en el Niger, en Mopti (Mali)

En el curso de la estancia, una de las personas empleadas en el camping se desvivió por hacerles sentir bien, sin aceptar pago alguno por ello.

Ya en el momento de la partida, durante la despedida y en señal de agradecimiento, los cuatro viajeros le invitaron a que cogiese lo que prefiriese de lo que había en la furgoneta. Él acepto, lo pensó un poco y cogió dos garrafas de plástico vacías. Dos garrafas y había dos docenas de ellas y muchas otras cosas más. Espero que le hayan dado servicio.

Ese fue un viaje cuajado de enseñanzas y esa que he contado fue una de ellas. Hoy, en muchos paisajes africanos, se ven puestos de venta de botellas y garrafas de plástico desechadas, que, tras su uso por los turistas, continúan su valioso ciclo de vida.

NOTAS PERFECTAMENTE PRESCINDIBLES

[1] Estamos hablando de Madrid y Movistar. El punto de venta es el situado en la Avenida del Mediterráneo

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2 respuestas a Una escena cotidiana (y otra, no tanto)

  1. Luis dijo:

    El valor de las cosas pequeñas

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  2. GB dijo:

    Un testimonio que hace pensar. Gracias

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