El año sin verano de 1816 (1 de 3). Un bicentenario

Un bicentenario de lo que algunos han denominado “la última crisis de subsistencia del mundo occidental[1].

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1816 fue un año importante. Sin ir más lejos, vio nacer tanto a Frankenstein como al Vampiro, al que, más tarde, Bram Stoker, hibridándole con la leyenda negra de Vlad el Empalador, convirtió en Drácula. Fue el año del nacimiento del terror literario.

41SmWw64HhL._SX311_BO1,204,203,200_Frankenstein y el Vampiro nacieron a la vez en una villa para veraneantes de Ginebra, hijos respectivamente de  Mary Shelley  y John W. Polidori.  Y nacieron en una reunión en la que también estaban Percy Shelley y George (Lord) Byron, quien aportó el poema “Oscuridad”, uno de cuyos versos dice “La mañana llegó y se fue y llegó, y no trajo consigo el día[2].

Y no parece casualidad esa coincidencia temporal. Parece como si la oscuridad larga y profunda la hubiera propiciado. “Cómo la oscuridad se hizo más siniestra al asomarse sobre los paisajes alpinos, y cómo en las jornadas de junio de 1816 soltó sus fríos y sus sombras sobre los lagos suizos y envolvió a Ginebra en tres días tan oscuros que pareció en realidad una larga noche interrumpida por crepúsculos” escribe William Ospina en el excelente libro que dedica a esos acontecimientos y que titula “El año del verano que nunca llegó[3].

Pues bien, ese 1816 del que celebramos el bicentenario ha pasado a la historia con muchos nombres, entre los que está “el año sin verano[4]. Y es que ese año pasaron muchas cosas que afectaron a todo el hemisferio norte, hasta el punto de parecer que el apocalipsis llegaba…

Porque el apocalipsis debieron sentir los habitantes de Maryland (USA) cuando vieron caer copos de nieve marrones, azules y rojos en abril y mayo y también los de Taranto (en la costa sur de Italia) cuando los vieron rojos y amarillos [5]. Algo extraño debieron sentir también los habitantes de muchos otros lugares, que vieron amaneceres y crepúsculos distintos de los que hasta entonces habían conocido. Un vicario inglés escribió: “Durante toda la temporada [el verano] cada mañana salía el sol como envuelto en una nube de humo, rojo y sin rayos, daba muy poca luz y calor y durante la noche también se situaba detrás de una espesa nube de vapor, sin apenas dejar rastros de haber pasado sobre la faz de la tierra[6].

Y reflejar esta atmósfera extraña quizá sea la causa de la fama que hoy tiene el pintor paisajista inglés J.M.W. Turner, considerado por algunos como “el pintor de la luz”, autor de un prefacio romántico al impresionismo. Quizá esa visión nueva de la atmósfera que plasmó en sus cuadros no fuera el fruto de su imaginación sino la pura la realidad que personalmente vio.

J. M. W. Turner. Chichester Canal. 1829. Tate Gallery. Tomado de la página oficial de la Tate Gallery

Y hambre, mucho hambre. Hasta el punto que los reunidos en la villa ginebrina citada más arriba, entregados a escribir sus grandes obras, “estaban rodeados de gente que pasaba hambre[7], así, sin más. El terror estaba fuera de la casa, aunque los monstruos nacieran dentro.

Fue un verano tan extraño que se ha llegado a decir de él que fue “uno de los inviernos más miserables en toda la historia reciente[8]. Y esa misma miseria hizo renacer un cierto misticismo religioso y dio eco a profecías que anunciaban la inminencia del fin del mundo.

A lo que pasó ese verano singular que no fue y a sus causas, nada casuales, vamos a dedicarle las dos próximas entradas.

[VER LA CONTINUACIÓN: “El año sin verano de 1816 (2 de 3). Los efectos“]

NOTAS PERFECTAMENTE PRESCINDIBLES

[1] Ese es, por ejemplo, el título de un relato de esos años, publicado por J. Post. No es fácil acceder al libro, si no es en inglés y por compra en versión papel.

[2] Traducción en http://www.dim.uchile.cl/~anmoreir/escritos/byron.html

[3] No está accesible en versión libre, pero sí que está disponible para su lectura en al menos algunas bibliotecas públicas (en concreto, en las municipales de Madrid)

[4] También figura en los textos como “el año de la pobreza”, “el verano que nunca fue” o “mil ochocientos y heló hasta morir”.

[5]La pequeña edad de hielo” (B. Fagan. Gedisa. 2008). Sin versión gratuita pero accesible en bibliotecas públicas, al menos en Madrid. http://www.casadellibro.com/libro-la-pequena-edad-del-hielo/9788497841344/1178835.

[6]The “Romantic” Year Without a Summer: The Little Ice Age’s Cultural Impact on Early Nineteenth Century Britain” (K. Schlesinger. 2013) http://forbes5.pitt.edu/ojs/index.php/forbes5/article/view/16

[7] Referencia ya citada a “La pequeña edad de hielo” (B. Fagan. Gedisa. 2008)

[8]Climatic Effects of the 1815 Eruption of Tambora” (J. Smith. 2007)  http://hilo.hawaii.edu/academics/hohonu/documents/Vol05x07ClimaticEffectsof1815EruptionofTambora.pdf

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Una respuesta a El año sin verano de 1816 (1 de 3). Un bicentenario

  1. Azahara dijo:

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