Afortunadamente, todos los muertos eran de tercera

La frase del título es una forma de expresar cómo se asigna distinto valor a la vida humana, en función de quién es el muerto. Se dice que proviene de un titular periodístico que hablaba de una catástrofe ferroviaria [1]. Por entonces existían vagones de tres clases, que iban de primera a tercera en función de la comodidad y del precio del billete.

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El Camino de los Yungas, en Bolivia, de uso obligado para la población local. Pasa por ser la carretera más peligrosa del mundo y, como tal, es una atracción turística para viajeros que gustan de emociones fuertes . Imagen tomada de Mirror.

A partir de aquí, esta entrada,  continuación de otra anterior en la que se abordaba la desigualdad de la valoración del tiempo entre países (“El tiempo es oro”), se refiere a eso, a cómo la economía, el mercado, conduce a que se valoren las vidas en función de quién se trate.

Como cuestión previa debe tenerse en cuenta que cuando se asigna un valor económico a la vida humana, en euros o dólares, no se está diciendo que, en la vida real, ambos, la vida y el dinero que se le asigna como valor, sean intercambiables y no implica que por ese dinero alguien pueda, por ejemplo, matar a otra persona. Es tan sólo el valor que se asigna a una vida humana en los estudios económicos, el dinero que estaríamos dispuestos a pagar por evitar una muerte, sin saber quién es el muerto concreto. Por ejemplo, en el caso de evaluar la rentabilidad económica de invertir en alcantarillado, cuyos efectos fundamentales serían la reducción de la morbilidad y de la mortalidad, sería la forma de contabilizar, en términos económicos, los muertos que la inversión evitaría. De ahí que se utilice el término “valor de la vida estadística”, para intentar alejar la idea de que se está poniendo precio a la vida individual.

¿Cuál es el valor de la vida estadística? Como ocurre con la valoración del tiempo, la valoración de la vida humana ha sido objeto de sesudos estudios, referidos, casi exclusivamente, a países ricos [2]. Así, en USA, el Departamento del Transporte establece como valor de la vida estadística en estudios de transporte (en los beneficios derivados de la mejora de los transportes), el valor de 9,4 millones de US$ de 2013 [3]. ¿Y fuera de USA, en los países de muy bajos ingresos?

Hoy parece que ya se está superando la forma de evaluar que consistía en, simplemente, extrapolar, en función de la renta y sin más, a los países pobres los resultados obtenidos en los ricos y ya se centra un poco la mirada directamente en aquellos. Esto ha conducido a establecer [4] que la evolución del valor de la vida estadística con el nivel de renta es muy distinto en países ricos y en países con bajos ingresos. Gráficamente, en la figura que sigue se reflejan las estimaciones establecidas por Milligan et al. (2014) [5] para el valor de la vida estadística en función del PIB por persona (renta per cápita) de los distintos países, expresados ambos en dólares internacionales [6].

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Estimación del valor de la vida estadística en función de la renta per cápita de los países, expresadas ambas en dólares internacionales. Fuente: “Value of a statistical life in road safety: A benefit-transfer function with risk-analysis guidance based on developing country data” (Milligan et al. 2014).

Aunque no llega a cubrir todo el espectro de países (fuera de la estimación quedan los países de muy bajos ingresos [7], para los que los autores no arriesgan una estimación ante la ausencia absoluta de datos), el gráfico permite apreciar lo tremenda que es la desigualdad en algo tan sensible como es el valor de la vida humana, aunque esta sea estadística.

Si a usted le nacieron y vive en un país rico, su vida (estadística) se valora en el entorno de los diez millones de dólares, pero, si vive, pongamos por caso, en Etiopia, Mali, Burkina Faso, Ruanda o Haití (renta per cápita en 2014 inferior a los 1.500 dólares internacionales de 2005), su vida (estadística) no llega a valer los diez mil dólares internacionales (de 2005). Mil veces menos. Cierto es que son estimaciones, pero son mil veces menos.

Podíamos repetir eso de “¡es la economía, imbécil!” que citábamos en la entrada “El tiempo es oro”, pero, sea lo que sea, la desigualdad en la valoración quizá ayude a entender las causas por las que no se invierte lo suficiente en la erradicación de la malaria o en hacer realmente efectivos los derechos humanos al agua y al saneamiento, por ejemplo. No son inversiones rentables. Desde el punto de vista económico, de mercado, una inversión es igual de rentable si evita una muerte en occidente que si evita mil muertes en Etiopía o Haití.

Sí, es la economía; es el haber situado la economía y el crecimiento desaforado como guía de nuestras vidas, pero también es algo más, es la utilización de la economía para esconder nuestro egocentrismo, para esconder que ponemos el mundo y a sus ocupantes a nuestro servicio.

Partiendo de una idea presentada en un estudio reciente acerca del valor de la vida estadística en distintos países  (y probablemente violentando un poco su intención) [8], podríamos aplicar criterios puramente económicos y calcular lo que se perdería en producción por causa de esa muerte prematura (en economía, lo que el muerto hubiese producido si no hubiese muerto prematuramente). Haciendo algunos supuestos razonables [9], este déficit de producción, en los países occidentales, sólo superaría los dos millones de dólares internacionales (de 2005, para mantener la coherencia con los valores hasta ahora presentados) en el caso de Noruega. En España sería de alrededor de un millón, por ejemplo, lo que contrasta enormemente con la valoración de la vida estadística antes dicha de alrededor de diez millones. En nuestro mundo occidental la “economía” apenas explicaría el 10-15% del valor que asignamos a nuestras vidas. Para nosotros, como es lógico, nuestras vidas valen mucho más que los bienes económicos que podemos llegar a producir. La vida es mucho más que producción.

¿Y en los países de ingresos bajos? Aquí la situación se invierte. Si consideramos los mismos cinco países que citábamos más arriba (Etiopia, Mali, Burkina Faso, Ruanda y Haití), la producción que se perdería por causa de una muerte prematura  estaría en el entorno de los cincuenta-sesenta mil dólares internacionales de 2005, esto es, alrededor de cinco veces el valor estimado de la vida. Aquí, en las mismas condiciones, la vida vale mucho menos que la producción que se perdería por la muerte prematura. La vida vale menos que el mínimo que estimaría la pura “economía”. No parece que sea la economía lo que marca lo esencial de la desigualdad en la valoración de las vidas.

¿Qué puede ser? Quizá, y no deja de ser una interpretación, sea reflejo no del presente sino del cómo se puede mirar el futuro en los distintos países. Si buscamos la tasa de actualización que hace que sean similares la capitalización de los ingresos perdidos y el valor de la vida estadística, esta resulta ser del 0,4% para el mundo occidental y del 20% en los países de ingresos bajos [10]. Esto quiere decir que en los dos ámbitos se estaría dando distinto valor a los ingresos futuros. A modo de ilustración, yo, occidental, estoy tan holgado y tengo tanta confianza en mi futuro que aceptaría entregar 98 centavos a cambio de recibir un dólar (descontada la inflación) dentro de cinco años [11], mientras que tú, habitante de Etiopía, por ejemplo, estás tan asfixiado y tiene tan poca fe en tu futuro que a cambio del mismo dólar dentro de cinco años sólo aceptarías entregar 40 centavos (con la tasa del 3% utilizada en la exposición, se aceptaría entregar 86 centavos).

Quizá sí sea la economía, pero considerando no sólo la situación presente sino también las expectativas futuras. Para gran parte de la población mundial, la condena futura, si no damos la vuelta a los paradigmas que hoy nos rigen.

Cuando decimos que los emigrantes a los que intentamos parar en nuestras fronteras vienen en busca de futuro, no hablamos en sentido figurado. Es algo real y bien real.

NOTAS PERFECTAMENTE PRESCINDIBLES

[1] La catástrofe realmente ocurrió el 24  de junio de 1876 cerca de la estación de Tárrega (Lleida).

[2]The Long-Term Dynamics of Mortality Benefits from Improved Water and Sanitation in Less Developed Countries”. Jeutland et al. 2013. Documento soporte S1. En él se dice textualmente: “Una reciente revisión de estudios internacionales de la VSL [valoración de la vida estadística] lista 30 estudios realizados en 12 países, ninguno de los cuales proceden de países menos desarrollados; otro examina 50 estudios (27 en los Estados Unidos), de los cuales sólo tres fueron en países no industrializados (y todos en la India)

[3] US Department of Transportation. “Tiger benefit-cost analysis (BCA) resource guide” (2015), que se refiere como fuente a “Guidance on Treatment of the Economic Value of a Statistical Life” (US Department of Tansportation. 2015)

[4] El ya citado artículo “The Long-Term Dynamics of Mortality Benefits from Improved Water and Sanitation in Less Developed Countries”. Jeutland et al. 2013 y también “The Income Elasticity of the Value per Statistical Life: Transferring Estimates between High and Low Income Populations” (Hammitt y Robinson. 2011).

[5]Value of a statistical life in road safety: A benefit-transfer function with risk-analysis guidance based on developing country data” (Milligan et al. 2014). No existe acceso libre a la publicación on line. La referencia es accesible en http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0001457514001687

[6] La utilización de los llamados “dólares internacionales” permite la comparación entre países descontando la influencia que tiene el distinto coste de la cesta de la compra en los distintos países. Los dólares internacionales es una equivalencia de monedas que incorpora al cambio oficial de estas la incidencia que tiene el diferente nivel de vida en el valor de la moneda. En lugar de reflejar la equivalencia nominal entre monedas establece la relación que permite una paridad en poder adquisitivo entre países. Más concretamente, es la cantidad de unidades de una moneda nacional que se requieren para adquirir la misma cantidad de bienes y servicios en el mercado nacional que se podrían adquirir con dólares de los Estados Unidos en ese país. El factor de conversión se ha tomado de los datos que presenta el Banco Mundial (http://data.worldbank.org/indicator/PA.NUS.PPP). En el último año disponible (2014), el factor de conversión oscila desde alrededor de 0,7 (Noruega o Suiza) hasta valores superiores a 3 (Indonesia, Egipto, India o Madagascar, por ejemplo), pasando por el obvio 1,0 de USA y el 1,13 español.

[7] La estimación no cubre a los países con renta per cápita, expresada en dólares internacionales de 2005, inferior a 1.250. Quedan fuera, de los países de los que se dispone de datos en 2014, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Burundi, Malawi, Liberia, Níger, Mozambique, Guinea, Togo, Comoras y Madagascar.

[8]The Income Elasticity of the Value per Statistical Life: Transferring Estimates between High and Low Income Populations” (Hammitt y Robinson. 2011).

[9] Por no complicar demasiado los cálculos y aceptando las hipótesis de la publicación citada, se ha considerado que la producción anual por persona es igual al PIB por persona, que esta producción se extiende a lo largo de un periodo igual a la mitad de la esperanza de vida al nacer y que la tasa de actualización es del 3%.

[10] Como se señala en la nota anterior, el valor utilizado en los cálculos iniciales era el 3%, normal en nuestro entorno, teniendo en cuenta que siempre trabajamos en moneda constante, descontando la inflación.

[11] Los valores se obtienen aplicando un incremento anual al valor inicial igual a la tasa de descuento. En el caso del 3%, multiplicar el valor inicial de 0,86 cinco veces por el factor 1,03 da como resultado la unidad, lo que hace equivalentes los valores de 0,86 hoy y 1,0 dentro de cinco años.

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