El agua, cosa de mujeres…

Mali 1986. Una escena cotidiana. Mujeres trabajando. ¿Cuándo no?

Mali 1986. Una ecena cotidiana. Mujeres trabajando, ¿cuándo no?

Hace un año ya que este blog empezó a andar. Día de celebración, y quizá sea una buena idea echar una ojeada a algo que afecta a muchas personas, si no a todas: la desigualdad de género.

Basten, para centrar la cuestión, las expresiones siguientes (del Informe 2015 de UGT sobre desigualdad salarial): “tomando como referencia 251 días laborables, las mujeres en España para percibir el salario  que recibirían si su trabajo fuera reconocido en términos económicos con el mismo valor que el de los hombres, tendrían que trabajar 79 días más al año …/… O lo que es equivalente, para percibir las mismas retribuciones por trabajos de igual valor, los hombres necesitan trabajar doce meses y las mujeres dieciséis”.

Pero no es aquí donde queremos centrar la mirada; hoy hablamos de algo todavía más básico, como es la necesidad de agua. La necesidad de agua (y hablamos de agua para beber, cocinar o lavarnos) es algo que no está resuelto, tal como pusimos de relieve en la entrada “Aguar la fiesta del agua“. En ella abordábamos la cuestión desde la perspectiva del (in)cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio y señalábamos cómo el número de personas que no tienen acceso razonable al agua potable es tremendo (quizá, a nivel mundial, una de cada cuatro o cinco personas carecen de él, hoy en día). Y los que tienen a salir a buscarla lejos de su casa son muchos más.

Desigualdad de genero figura 1 v1

Figura 1. Porcentaje de la población africana con agua en el domicilio (2012). Fuente: elaboración propia a partir de datos de “A Snapshot of Drinking Water and Sanitation in Africa – 2012 Updatel” del African Ministers’ Council on Water (AMCOW), 2012

Cualquier persona que haya pisado África y sus zonas rurales y haya mirado a las personas, habrá visto como, en todos los caminos, hay un enjambre de personas yendo y viniendo con sus garrafas y bidones. Pues bien, la Figura 1 (referida a África) pone cifras a la imagen anterior [1], marcando cómo las tres cuartas partes de la población africana no dispone de agua en el domicilio, de agua de grifo.

Ello quiere decir que, diariamente, el personal tiene que acercarse a algún sitio donde la haya, sea  fuente, pozo o río o lago, con un recipiente, cargar y regresar a casa con todo el peso. Es una de las tareas domésticas ineludibles, que lleva su tiempo.

¿Cuánto tiempo? Sabemos que es más que un paseo, pero no tenemos estadísticas globales. Sí sabemos, por ejemplo, en el África subsahariana rural, en el entorno del 20% de las familias que deben buscarse el agua fuera de su casa debe emplear más de media hora en cada viaje y en muchas ocasiones debe hacer más de uno (fuente: “Drinking Water. Equity, safety and sustainability“, de, conjuntmente, UNICEF y OMS para el African Ministers’ Council on Water de 2012) [2].

Y ¿a quién le corresponde hacer ese trabajo? Sí, no podía ser de otra manera, es un trabajo femenino (y, complementariamente, infantil).

Desigualdad de genero figura 2 v1

Figura 2. Reparto de la responsabilidad del aporte de agua por género, en África subsahariana. Fuente: “La mujer en el mundo, 2010. Tendencias y estadísticas“. ONU

La figura 2 presenta el reparto de la tarta de la traída del agua al domicilio en el África subsahariana rural y lo deja bien claro. En las tres cuartas partes de los hogares le toca a una mujer adulta (y de la cuarta parte restante, una tercera parte es para las niñas)

Pero es que, además, no todo son estadísticas. Recurriendo a la publicación de la ONU “La mujer en el mundo, 2010. Tendencias y estadísticas“, al “Human Development Report” de 2006, del UN Development Programme, y a “Water for Life Decade“, también de la ONU,  podemos decir, para empezar, que en 38 de los 48 países con datos disponibles, el porcentaje de hogares donde una mujer adulta es la persona encargada del acarreo del agua es mucho mayor que el porcentaje de hogares donde el encargado es un hombre adulto.

También que en Mozambique, Senegal rural y el oriente de Uganda, las mujeres emplean en la recogida de agua, como media, alrededor de 16 horas a la semana (no es raro que tengan que caminar más de 10 kilómetros durante la estación seca), lo que puede traducirse en el equivalente a más de dos meses íntegros de trabajo anuales. O que, en Benin rural, las niñas emplean en la recogida de agua una hora al día, en comparación con los 25 minutos de sus hermanos, y en Malawi, 54 minutos para las mujeres frente a  “sólo” 6 para los hombres”.

Y esto, ¿qué quiere decir? Muchas, demasiadas, cosas. Empezando por lo más obvio, para una familia de cinco personas, si una de ellas, una mujer, se encarga del acarreo del agua y el consumo personal fuese de 25 litros diarios (la mitad del mínimo considerado por la OMS, cuando en España consumimos en casa más de 100), esta mujer debería cargar cada día y durante, digamos, media hora, con 125 kg (si es demasiado peso, podría hacer cinco viajes, esto es, dos horas y media, cargando con sólo 25 kg).

Más sutil es la forma en que esta necesidad de acarrear agua, diariamente y de forma ineludible, enfrenta a las mujeres con dilemas perversos. ¿Debo cuidar a mi hijo, enfermo o sano, es igual, o es prioritario el traer agua a casa? O, yo, niña, ¿tengo que renunciar a la escuela para liberar un poco a mi madre de sus funciones ineludibles?

Pero quizá lo más importante sea el tiempo que ocupa. Es esencialmente la ausencia de tiempo (libre) lo que impide todo lo demás, desde el descanso hasta la participación activa en el mundo extrafamiliar, pasando por el cuidado y la atención a la prole o la capacitación.

Y no son sólo intuiciones. Una encuesta en Tanzania dio como resultado que la asistencia de niñas a la escuela era un 12% mayor cuando la fuente de agua se encontraba a menos de quince minutos del domicilio que cuando superaba la hora (la diferencia, en el caso de niños, era poco relevante).

Para acabar, las expresivas palabras de una niña de diez años en la cola de una fuente, en El Alto (Bolivia):

Claro que me gustaría ir a la escuela. Quiero aprender a leer y a escribir, y quiero estar con mis amigos. Pero ¿cómo podría? Mi madre me necesita para llevar el agua y la fuente sólo está abierta de diez a doce y tienes que estar temprano en la cola porque hay mucha gente que viene aquí”.

La desigualdad también en el agua (y también a causa de ella).

NOTAS PERFECTAMENTE PRESCINDIBLES

[1] Quizá llame la atención el descenso en el porcentaje de población urbana que tiene agua domiciliaria. Es debido al proceso de urbanización que se está produciendo, que hace que crezcan más los habitantes que las acometidas. Esto no aplica al crecimiento del mismo porcentaje referido a la población rural, ya que el crecimiento vegetativo supera ampliamente a la emigración a la ciudad.

[2] Los Objetivos de Desarrollo del Milenio clasifican las fuentes de agua en dos grupos, según se encuentren a más o menos de media hora de distancia (incluyendo ida, carga y vuelta). De ahí que dispongamos tan sólo de estos datos, obtenidos mediante encuestas domiciliares.

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